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Eibar en la historia

En este apartado podrás conocer la evolución de los personajes y los hechos históricos que han marcado el devenir de nuestra ciudad: la Gripe Española de 1918, la revolución de octubre de 1934, el listado de todos los alcaldes de Eibar desde el siglo XV hasta nuestros días.

  • Hace 20 años terminó la “mili”. El Archivo Municipal conserva la documentación de todos los eibarreses que hicieron el servicio militar obligatorio desde 1877.

Quintos en Marruecos

El  Real Decreto 247/2001 de 9 de marzo de 2001 puso fin al servicio militar obligatorio en España. Era una medida tan esperada que aquel decreto, en realidad, adelantaba un punto y final ya previsto por ley para el 31 de diciembre del año siguiente. Dado el papel fundamental que los ayuntamientos jugaban en hacer llegar la tan temida llamada de la patria, el Archivo Municipal de Eibar custodia hoy día no menos de 37 metros lineales de documentación generada durante el proceso de quintas y reclutamiento. Una ventana privilegiada a aquella faceta, ya olvidada, de la vida de nuestros vecinos en el tiempo.

Entre otras reformas administrativas de corte moderno, el ejército regular había llegado a España de la mano de los Borbones a comienzos del siglo XVIII, y con él la necesidad de encontrar cómo nutrir sus filas. El método elegido fue el de la leva, el temido “reemplazo” de hombres con los que cubrir las bajas provocadas por combates, enfermedades y otras penurias. Para hacer algo más llevadero el trago, se decretó que los hombres destinados al ejército fueran elegidos por sorteo, resultando elegido uno de cada cinco. De ahí nos llega la palabra “quinto”.

Pero fue el régimen liberal, nacido de las Cortes de Cádiz, el que convirtió el servicio militar forzoso en universal y anual. El servicio militar ya no era una “carga” que el soberano imponía a sus súbditos periódicamente desde sus atribuciones como monarca absoluto. Ahora, defender a la patria, que en teoría ahora eran todos, era una obligación de todo ciudadano.

En adelante el Ejército haría saber anualmente el número de hombres que necesitaba cada año para reponer bajas y mantener el nivel de fuerza requerido para atender a la defensa nacional –una cantidad que osciló alrededor de los 50.000, aunque se multiplicaba en caso de guerra– y las Cortes decretarían el número que tocaba aportar, en función de su población, a cada provincia.

 Particularidad eibarresa

Durante los primeros 40 años de su andadura, Eibar, como el resto del País Vasco y Navarra, se benefició del privilegio foral de la exención del servicio militar. Derrotado militarmente el Carlismo –cuyo apoyo entre la población vasca se había basado, en no poca medida, en su defensa de ese privilegio– el gobierno central encontró en la imposición de las mismas obligaciones militares una forma perfecta de castigar a esas provincias díscolas.

Pero en el País Vasco también había habido una porción de la población –pequeña, pero no precisamente menor– que había defendido al liberalismo con las armas en la mano, en condiciones muy difíciles y cuyo aporte había sido en ocasiones estratégicamente decisivo para la victoria. Para premiar a estos leales la Ley de 21 de Junio de 1876 –que consagró el fin del viejo régimen foral– establecía en el tercer apartado de su quinto artículo la exención del servicio militar para todo aquel que hubiera defendido como voluntario al régimen liberal con las armas en la mano, así como a sus hijos.

Sobre Eibar no había pivotado el destino de la guerra, pero sus pobladores habían constituido, con entusiasmo, unidades de voluntarios liberales y el pueblo, ocupado por los carlistas, había sufrido su parte de exacciones y atropellos. Es por eso que en la documentación sobre quintas conservada en el Archivo Municipal abunda la anotación “exento art 5.3” junto a muchos de los nombres.

En el reemplazo de 1897, que sufriría los rigores de la Guerra de Cuba del año siguiente, podemos contar 31 exentos por esa causa de entre 70 mozos alistados (de 97 niños que habían nacido vivos 20 años atrás). Compárese esto con los otros 4 exentos de aquel año, sólo 2 de los cuales lo fueron por motivos físicos, y estos condicionalmente, mientras que otros 2 fueron los únicos “condicionales”, equivalentes al excedente de cupo de tiempos más modernos.

A otros 33 eibarreses, hijos de partidarios del bando equivocado o de vecinos recientes, les tocó repartirse las 33 plazas asignadas ese año a Eibar por la Provincia en función de su población, que incluyeron 16 destinos en Cuba, Filipinas y Puerto Rico. No sólo es el rastro de 31 familias que respiraron muy aliviadas hace 124 años, o de 33 potenciales tragedias, también se nos ofrece una inmejorable posibilidad de reconstruir la anatomía del liberalismo, y del conservadurismo, local.

Quizás fuera 1897 el año que más “hijos de voluntario” registre, por esos años alcanzaban la edad militar los hijos de los voluntarios de 20 años atrás, pero la documentación de quintas nos permite vislumbrar, a lo largo de los 144 años que cubre, todo tipo de aspectos del ser y el vivir de nuestros vecinos en el tiempo.

El proceso administrativo del alistamiento consistía, esencialmente, en una recopilación de información sobre todos los hombres del pueblo. Cosas evidentes, como cuando habían nacido, o si eran vecinos, que determinaban cuando deberían cumplir su obligación militar, pero también muchos otros datos que determinaban si eran útiles al ejército o no y que nos han dejado una montaña de información indirecta para asomarnos a sus vidas y realidades. ¿Cuántos sabían leer y escribir? ¿Estaban sanos? ¿Cuál era su nivel de estudios? ¿Y su oficio? ¿Eran betarras o eran goitarras, kaletarras o baserritarras? ¿Cuántos de los nacidos cada año llegaban a cumplir la edad militar? ¿Cuál era su talla media? Incluso tenemos datos de la descripción física de muchos de ellos como color de pelo o de ojos o la “disposición” (que podía ser “marcial” o no).

 Impuesto de sangre

Popularmente conocido como “la mili”, el servicio militar obligatorio universal nunca fue precisamente popular. Entre otras cosas porque rara vez fue universal. Sobre el papel la idea era muy elevada, y ciertamente igualitaria, pero la España liberal rara vez se distinguió por esforzarse en dar sustancia a sus elevados ideales.

A pesar de las rimbombantes declaraciones de todos los textos legales de la España liberal sobre que defender a la patria era un deber y un derecho de todo español, punto de honor y motivo de orgullo incluso según alguna de las redacciones más ampulosas, la mili siguió viéndose como una carga más de las impuestas por el Estado y no de las más ligeras. Especialmente porque siempre se repartió muy desigualmente.

Pagando una cantidad –que oscilaría entre las 1.000 y las 2.000 pesetas, equivalente al salario anual de algunos oficios– las familias con posibles podían redimir a sus hijos de pasar por el cuartel. Por una cantidad algo menor, ya que se acordaba entre particulares, uno podía comprar un sustituto que ocupara su lugar en las filas.

Ambas prácticas ponían de manifiesto una desigualdad sangrante, pero la primera era especialmente odiosa por cuanto significaba que los ricos no sólo no iban a sufrir las penurias de la vida militar, no digamos ya sus riesgos, sino que, al redimir a sus hijos dejaban aún vacantes sus plazas en el cupo, que debían ser ocupadas por los hijos de otros que no podían afrontar el pago. El redimido podía ahorrarse el mal trago, pero el ejército seguía necesitando sus 50.000 hombres anuales, y alguien tendría que ir. Era una contribución que recaía doblemente sobre los más pobres, aquellos que sólo podían pagarla en sangre.

Una nueva ley de reclutamiento, aprobada en 1912, puso fin a ambas prácticas, ya abiertamente aborrecidas por toda la sociedad, y las sustituyó por el soldado de cuota. El principio era el mismo, los pudientes podían pagar ciertas cantidades o “cuotas” –algo menores, pero aún difícilmente al alcance de la gran mayoría- que permitían a sus hijos disfrutar de un servicio militar considerablemente más cómodo. Según la tarifa, pues había varias, uno podía tener una mili más corta, elegir cuerpo y destino, evitar el servicio fuera del país, etc… era un deber ciudadano a la carta y con promociones. Fue, paradójicamente, el Franquismo, el que terminaría para siempre con la posibilidad de pagar para suavizar la obligación, aunque aún contemplara la ventaja de las milicias universitarias para aquellos con acceso a estudios superiores que, al menos en sus primeros años, aún salían mayoritariamente de las capas más favorecidas de la sociedad.

Para todos los demás sólo quedó tratar de encontrar un resquicio en el resto de exenciones contempladas en las diferentes leyes de reclutamiento, hasta 183 en la más permisiva. Entraban aquí en juego desde las crudas realidades socioeconómicas de hijos único sustento de padres pobres o enfermedades o minusvalías que permitían librarse del cuartel pero no de una vida de penurias, hasta todo tipo de picarescas y el inevitable nepotismo de una época de caciquismo y clientelismo político rampante. En última instancia, lo más decididos podían optar por ignorar la llamada. Declarados prófugos, generalmente, dejaban el país en busca de otros horizontes sociales y económicos.

Un asunto local

Tocaba a los ayuntamientos ser los principales agentes a la hora de transmitir a la población el peso de esa carga. De ahí que el Archivo Municipal contenga hoy decenas de cajas que contienen una instantánea de la vida de miles de eibarreses, desde los 97 mozos llamados en 1897, hasta los 149 del último año, el de 1999.

El proceso sufriría pequeñas variaciones de detalle a lo largo de su historia, pero la esencia del mecanismo siempre fue el mismo. Con el nuevo año, en la primera semana de enero, llegaba el momento de formar la lista de los mozos que ese año cumplían la edad establecida –entre los 18 y los 21 según el periodo histórico- para ingresar en filas. El temible alistamiento, confeccionado a partir de padrones, registros de bautismo y otros documentos oficiales. Anunciado mediante el preceptivo bando, era un acto solemne y, en tiempos, asistía al mismo el Cura Párroco, el Regidor Síndico y era presidido por el Alcalde secundado de varios concejales, además del Secretario.

Venía después el sorteo y, partir de ahí, quedaba decidido quien veía el cielo abierto al verse excedente de cupo –o cubierto por alguna exención– y quien tenía que lidiar con el relativo consuelo de un destino en la península o afrontar los peligros del siempre temido destino en ultramar.

A pesar del carácter burocrático de todo el asunto, la documentación de quintas no está exenta de color, y no cuesta nada ver como, por las rendijas del procedimiento, se cuela la vida y aventuras de no pocos eibarreses. Especialmente durante el proceso de alegaciones previo al sorteo.

También había espacio para el error, como el caso de aquel Francisco M. A., del reemplazo de 1948, que recibió la tan codiciada clasificación de exento “por resultar ser chica”. ¿Qué había pasado? El misterio sigue enterrado entre los legajos, pero todo apunta que la caligrafía del escribiente que había rellenado su inscripción en el registro al nacer –entonces esto aún se hacía a mano- había jugado una mala pasada a los responsables del alistamiento de aquel año.

Al margen de sucedidos tan dramáticos como el de Francisca, que a pesar de todo tuvo que presentarse en el ayuntamiento para demostrar el error, o el de aquel pobre eibarrés que recibió notificación de haber tenido mala suerte en el sorteo y que se le esperaba en el cuartel… mientras ya servía en Cuba como voluntario, el archivo guarda miles de peticiones de prórrogas, alegaciones, exenciones, informes médicos –reales y alguno fingido– y todo tipo de correspondencia oficial que nos cuentan cual fue el destino que cupo en el trance a todos los eibarreses. Desde el más anónimo hasta los grandes nombres como Plácido Zuloaga o Toribio Echevarria, exentos ambos por ser hijos de voluntarios.

Es un mosaico enorme en el que, a lo largo de casi siglo y medio, se entrecruza lo mecánico de la administración con las diversas formas en que los eibarreses articularon su resistencia, o su pasiva resignación, al servicio militar. Desde los expedientes de los prófugos que prefirieron el exilio o la clandestinidad a la guerra de Cuba o Marruecos, hasta los centenares de mozos que pidieron prórrogas por diferentes causas durante la recta final de la mili. Por ejemplo 112 de los 149 inscritos en el último reemplazo, confiados en que postergar la entrada al cuartel un año equivaldría a no tener que pisarlo a la vista de su ya anunciada abolición.

 

        Bandos de la Junta Local de Sanidad. Año de 1918.

       Suscripción popular de donativos a enfermos. 1918

 

         Consulta AQUI el listado.